Entra - le dije.
Tenía el pelo en polvo ensortijado
y en su polo dibujado un corazón.
Aquí nomás, susurró.
Entra, repetí.
Me miré anclado, y en sus ojos limpios,
no les miento, sentí pavor;
pero al mismo tiempo en mi alma sostenía
todo recuerdo de un ayer que fuimos
fuego en leño, libro sin razón.
Aquí nomás, repitió.
Tomó mi rostro con sus manos yertas
yo volví a escuchar su tierna voz:
lejana más, más débil, todavía más.
Volví a mirarla.
Entra – rogué – Mírate. Entra y cámbiate.
Aquí nomás, aquí nomás.
Yo la amaba,
y aún en ese instante la amé más.
Deseaba tocarla, besar sus labios muertos,
limpiar su rostro con mis manos tibias…
Aquí nomás, aquí nomás…
Su voz se ahogaba con lágrimas de barro
resplandecidas por un brillo angelical de luz.
Sonaba el viento: fuerte y débil, plomo y zinc;
silbaba más llevándose con él los lirios secos,
el invierno triste y el olor del pan.
Y su voz:
Aquí nomás, aquí nomás, aquí nomás...
Mas pronto,
su polo que de blanco se teñía abanderado
con un rojo corazón de heridas sordas
se fue desvaneciendo con el viento,
con el polvo de su pelo rizo y enredado;
con su rostro, con sus manos… ya sin tiempo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario